De Sudáfrica llegó en algún momento de los años 90 a la gran pantalla Charlize Theron, una mujer de belleza poco usual, que llamaba la atención se quisiese o no. Rubia, con unos ojos intensamente azules, la primera vez que la vi en la gran pantalla fue en la inquietante y violenta película 2 Days in the Valley, donde su presencia, extraordinariamente sensual, atrapaba al espectador a una película que por lo demás tampoco iba mucho más allá.
La filmografía de esta bella actriz es muy irregular; encontramos diversos bodrios cuya única misión es mostrar al mundo lo buena que está. Sin embargo, su presencia es fundamental en otros títulos. ¿Cómo si no podríamos creernos que el soso protagonista de The Cider House Rules puede moverse a hacer algo más que estarse parado mirando como un bobo, si no es reaccionando ante la presencia de una mujer como ésta?
Charlize podría ser el prototipo de un tipo de actriz que está ahí desde que el cine es cine. Es la actriz que sale porque está buena. Porque las mujeres guapas venden entradas de cine y palomitas. Y podría no pasar de eso. Sin embargo, en este caso siempre he sentido que había algo más. Dice el artículo treintaitrés que el que parece tonto lo es. Y tal vez el contrario sea válido. Y desde luego, la rubia sudafricana parece cualquier cosa menos una rubia tonta. Sus ojos translucen inteligencia. Tal vez, incluso una inteligencia muy calculadora. Tal vez, incluso es muy consciente que te está manipulando porque tiene una figura impresionante, porque no puedes dejar de mirarle a los ojos, y si se da la vuelta, porque no puedes dejar de mirarle el trasero. Nada hay en esta rubia de la ingenuidad que
nos ofrecía la Monroe en sus actuaciones de los años 50. Aunque también llegases a la conclusión al final de que también te estaba atrapando.
La condición de actriz respetable le llega a través de una tranformación, por no decir deformación. Nunca me ha gustado que para que una actriz guapa pueda demostrar que es buena actriz tenga que transformarse en fea. Son interpretaciones que suelen resultar premiadas, pero que para mí tienen algo de falso. También se da que un Oscar suponga una muerte precoz cuando le llega a una actriz joven y guapa. No son pocas las que tras recibir la estatuilla no saben reconducir sus carreras y mantener el prestigio.
Pero recientemente he visto a la Theron en un nuevo papel. Con la cara lavada, con el pelo recogido, vestida de “normal“. Sin glamour. De madre sin padre, trabajadora víctima de su propia belleza. Su detective Sanders en In the Valley of Elah es una demostración que puede ser buena actriz independientemente de si es guapa o fea. Independientemente de si la ponen guapa o fea. Con 32 años es todavía joven, pero no tan joven. Le queda belleza para muchos años, pero si quiere perdurar más allá habrá de ir tomando riesgos. Espero que lo haga. Para disfrutar durante mucho tiempo de su presencia. Por todos los motivos.
Escrito por Escarlata Ojara 