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Archivo mensual: abril 2011

Cuando una mujer se suelta el pelo,… se quita las gafas,… cualquier cosa es posible

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Por alguna razón desconocida, una de mis películas favoritas es The Big Sleep (El sueño eterno). Basada en una novela negra de Raymond Chandler del mismo título, y la primera en la que aparece el detective Philip Marlowe, siempre he pensado que su trama es un follón de mucho cuidado, casi imposible de descifrar. Pero a pesar de ello, es una película impresionante, que me gusta ver de vez en cuando. Al menos, una vez al año.

Hay muchos elementos de sensualidad en el filme, con alguna que otra actriz interesante, de mis favoritas, de la que habrá que ir hablando más adelante. Pero hoy voy a hablar de la actriz, una secundaria con un papelito pequeño, que hace la que me parece una de las escenas más picantes, con uno de los strip-teases más escuetos y castos de la historia del cine. Y la actriz en cuestión no es otra que la por entonces muy joven, Dorothy Malone.

Una joven y guapa Dorothy Malone en todo su esplendor.

Acreditado el papel en la película como ‘propietaria de la librería Acme’, se encuentra con el protagonista masculino, Bogart haciendo de Marlowe como nadie más lo ha hecho, cuando este se refugia en la librería mientras somete a vigilancia a un sospechoso. Y allí aparece la librera con aspecto intelectual. Pelo castamente recogido. Gafas. Y una pinta de no haber roto nunca un plato.

Marlowe y la librera comienzan su breve pero intenso diálogo.

Tras un diálogo lleno de picardías, la librera se quita las gafas se suelta el pelo,… la mujer aparece en todo su esplendor,… Y sólo la retorcida mente del guionista, y de los espectadores, puede imaginar lo que pasa mientras Marlowe hace tiempo para volver con su sospechoso. En una época donde regía el código Hays, los realizadores se las ingeniaban para aportar la sal y el picante necesario a las películas para atraer al público, sin necesidad de violar las mojigatas regulaciones de la hipócrita sociedad e industria cinematográfica norteamericanas.

Ya sin gafas, la librera y Marlowe brindan por lo que vaya a pasar.

Lo cierto es que posteriormente Dorothy Malone no llegó a ser una gran estrella del celuloide. Tuvo unos cuando papeles en diversos westerns y otras películas en los años 40 y principios de los 50, hasta que le llegó su gran momento cuando consiguió el óscar a la mejor interpretación femenina de reparto por su papel de Marylee Hadley, la hermana licenciosa en el melodrama Written on the Wind (Escrito en el viento), donde volvió a coincidir con la protagonista femenina de The Big Sleep.

Una exhuberante Marylee (Dorothy Malone) se encara con un soso Mitch (Rock Hudson) en la mansión de los Hadley.

Ya convertida en rubia platino, aun tuvo un cierto recorrido en la gran pantalla hasta que se pasó con armas y bagajes a la televisión, donde también tuvo unos cuantos éxitos, aunque eso es otra historia. En cualquier caso, si bien no se puede encuadrar entre las grandes, sin duda es una de las actrices que nos han hecho soñar.

De rubia, y ya madura, este era el aspecto de la Malone conforme se acercaba a su época de fama televisiva.

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[Las chicas de la Ci-Fi] Sigourney, el azote de los más terroríficos extraterrestres que en el cine han sido

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A Sigourney Weaver la fama le vino de la mano de un horrible alienígena, que por culpa de la avaricia de las grandes corporaciones mercantiles, acaba metido en la inolvidable Nostromo, de una de las mejores películas de su director, Ridley Scott, y de la historia del cine de ciencia ficción: Alien (Alien, el octavo pasajero).

La tripulación de la Nostromo es despertada por 'Madre', el ordenador de a bordo, al recibir la señal alienígena de un planeta cercano.

La sargento Ellen Ripley (warrant officer es la graduación original, que se puede traducir por sargento mayor o algo parecido) será uno de los personajes que marcará la carrera de la actriz, a pesar de que tiene unas dotes interpretativas que dan para mucho más, como ha demostrado a lo largo de su carrera. Pero volvamos a lo que nos ocupa, su encarnación de la sargento Ripley.

Ripley forma parte de una nave espacial comercial, la Nostromo, que tras una misión se encuentra de regreso a la Tierra llevando a su tripulación en hibernación (nada de hiperespacios y curvaturas del espacio en este universo; las naves espaciales vuelan según Newton, o en el mejor de los casos, modificado por Einstein). Cuando descubren una señal de origen alienígena procedente de un planeta que pasaba por allí.

El capitán, su oficial ejecutivo, el oficial científico y Ripley, la responsable de la seguridad, toman decisiones sobre lo que hacer ante la recepción de la señal alieníagena.

Tras una misión de investigación, uno de los tripulantes es atacado por un alienígena, que se le queda atascado a la cara. A pesar de la negativa de la sensata y racional Ripley, el oficial científico permite el paso a los expedicionarios, con el bicho adherido a la cara del oficial ejecutivo. Poco saben de lo que les viene encima.

Ripley opina que no conviene franquear el paso a los expedicionarios que llevan al alienígena adherido; convendrá mantener los métodos de cuarentena, aunque será traicionada por el sorprendente oficial científico. Maldito 'pellejudo', sería el apelativo que hubiese recibido en otra de las más famosas películas del director.

No voy a detallar todas las vicisitudes por las que pasa la malhadada tripulación de la Nostromo. Sólo diré que poco a poco, irán cayendo en las garras del terrible alienígena, que se convertirá en uno de los personajes de ficción más famosos de la historia del cine. Sólo la prudencia, la inteligencia, y el coraje de Ripley le permitirá llegar al emocionante enfrentamiento final con el feo extraterrestre.

La sargento Ripley, armada hasta los dientes, dispuesta a enfrentarse al maldito bicho.

A pesar del título en español, el alienígena no es el octavo pasajero de la Nostromo, sino el noveno; porque el gato de la tripulación merece el título de octavo pasajero con mayor justicia.

Un traje para actividades extravehiculares es un buen sitio para planear cómo deshacerse del monstruo.

La película tuvo un gran éxito, y dio lugar a una saga con tres películas más de las que yo sólo he visto un tercio de la segunda película, Aliens. No voy a contar, porque nunca llegué a ver esta película entera, aunque tiene su gracia. Pero el hecho es que nunca lo hice en la pantalla grande, aun habiendo empezado a verla en la fila 9 del cine Palafox de Zaragoza, si no recuerdo mal un miércoles del invierno de 1986-1987. Lo cierto es que lo poco que vi tenía un tono que nada tenía que ver con las sutilezas de las primera película. Y ya no sentí interés por el resto de la saga ni por el personaje, que de repente se había convertido en una especie de “rambo” femenino espacial.

Pero fuimos muchos los que sentimos algo importante por la sargento Ripley allá a finales de la década de los 70.

En la primera secuela de la película, Ripley con unos cuantos marines espaciales se dirigen a salvar a una colonia extraterrestre,... con poco éxito, aunque algún superviviente queda.

Juliette, el chic de lo francés

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Hace un par de días estaba cenando con unos amigos, cuando surgió a conversación el fallecimiento de Elizabeth Taylor. Y de ahí derivó la conversación a hablar sobre actrices guapas, realmente guapas. Con una sensación. Que hoy en día hay muchas actrices a las que se les puede llamar guapas, pero ninguna te deja la impresión de las de antaño. No sabíamos definir muy bien porqué. O hasta que punto era una sensación subjetiva, etérea y difícil de definir. En un momento dado, alguien comentó algo así como… “bueno, están las francesas; las actrices francesas siempre son muy guapas”.

Creo que podría dedicar una entrada monográfica a las actrices francesas. Por lo menos de una determinada época. O incluso hacer una serie. Pero de momento me contentaré con hablar de aquella que más nos ha gustado siempre. Que más capacidad ha tenido para enamorarnos. Con quien más hemos sentido en la pantalla del cine. Aunque objetivamente se pudiera decir que hay otras más guapas. Que todo es cuestión de gustos. Me refiero a Juliette Binoche.

Tereza, una joven enamorada checa utiliza una cámara de fotos para inmortalizar los acontecimientos del a primavera del 68, y otros relacionados con su vida sentimental, en La insoportable levedad del ser.

Mis primeros recuerdos de la actriz son del estreno en España de la adaptación de la novela de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser. Una película sobre la que no hay unanimidad en su apreciación, pero que a mí siempre me ha gustado. Especialmente porque nos dio a descubrir a un trío protagonista muy interesante. De Lena Olin tal vez hable más adelante. Porque siempre me ha parecido también una mujer y una actriz muy interesante, que ha coincidido con Binoche en más de una ocasión.

Pero si ya en aquella película nos abrumó el aspecto frágil de aquella bella joven de veintipocos años, creo que su película de juventud que acabó de definirla y convertirla en un icono de una forma de ser y actuar en el cine europeo fue Les amants du Pont-Neuf (Los amantes del Puente Nuevo). El retrato de la joven pintora sin techo que se refugia en las obras de rehabilitación del más viejo puente de París, a pesar de su nombre, maltratada por el amor y por la naturaleza, y que acabará viviendo una bella historia de amor con otro vagabundo de las calles parisinas es uno de los papeles más destacados del cine de la época.

La joven Michelle llega a un acuerdo de convivencia con el gruñón de Hans para compartir los espacios del Pont-Neuf, sobre el Sena.

Poco a poco, llegó la fama internacional y las oportunidades de campanillas para la radiante y natural belleza de esta actriz nacida en la capital gala en 1964. Y probablemente fue su interpretación en la primera parte de la trilogía de los colores de Kieslowski, Trois couleurs: Bleu (Tres colores: Azul), la que la lanzó definitivamente al estrellato. No es mi película favorita de la trilogía, pero hay una cierta unanimidad en la crítica sobre las cualidades tanto del filme como de la interpretación.

No mucho después llegó el reconocimiento internacional, cuando recogió su óscar a la mejor interpretación femenina de reparto por su papel de Hana en The English Patient (El paciente inglés). Su composición de la joven enfermera canadiense durante la invasión aliada de Italia, que queda al cuidado del quemado y atormentado “paciente inglés” consiguió algunas de las escenas más emotivas del cine que he visto en la gran pantalla, haciendo de esta película, con la colaboración necesaria del resto del elenco, una de mis favoritas de toda la historia del cine.

La atormentada viuda del compositor que representa en Tres colores: Azul enamoró a muchos espectadores.

Hana, con su uniforme de campaña de las fuerzas auxiliares de sanidad canadienses en Italia, se refugia ante uno de las estresantes situaciones que le harán replantearse que hace ella en esta guerra.

Obviamente no voy a repasar todas las películas que he visto de la actriz, sólo aquellas que más significativas me parecen. Por lo tanto, daré ahora un salto para encontrarla convertida en una especie de “bruja buena” que con su hija es llevada por el viento hasta un conservador pueblo de la campiña francesa, donde embrujará a todos no con sortilegios ni cosas de estas, sino con su encanto natural y sus dulces de chocolate. Por estamos hablando de Chocolat, una película adaptación de la novela del mismo título de Joanne Harris, una película que aunque no alcance el nivel de las anteriores es una delicia de ver, y que nos muestra a una Juliette Binoche que progresivamente va aceptando su entrada en papeles de mujer más madura. Tranquilamente. Sin grandes alharacas.

Esta película reivindica notablemente la figura femenina, y cuenta con otras excelentes actrices en su reparto, de las cuales en algún momento iré hablando. Nuevamente colabora con Lena Olin.

La itinerante madre Vianne Rocher abre su chocolatería en el ficticio Lansquenet-sur-Tannes, en algún lugar del centro de Francia, alterando la tranquila y ordenada vida de sus conservadores habitantes.

Cerraré mi repaso por la cinematografía de esta excelente y guapísima actriz francesa, una de mis preferidas de todos los tiempos, con el último filme que estrenó en las pantallas españolas durante el pasado otoño. Copie conforme (Copia certificada) es un drama matrimonial, en el que nunca sabemos qué es real y que es representado, en el cual una madura Binoche da un recital de intensidad dramática en la interpretación. Una demostración que tenemos actriz para rato, y que seguiremos disfrutando de su elegancia interpretativa, de su hermosura, y del buen cine que trae consigo. Que así sea.

Por las calles de una ciudad de la Toscana italiana, una mujer en los cuarenta, cuyo nombre no llegaremos a conocer, arrastra a su hijo preadolescente en su papel de madre que sufre otros conflictos íntimos que conoceremos durante el filme.

[Las chicas de la Ci-Fi] Con Jane Fonda, la psicodelia de los sesenta se paseó por el espacio exterior

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1968. Ese año mágico de la segunda mitad del siglo XX, al que no sé si hay que darle las gracias por todo los que vino después, o achacarle todos los males que nos acontecen desde entonces. Serias dudas me entran. Pero en esta serie sobre las actrices que nos hicieron soñar en las películas de ciencia ficción, no nos podemos poner excesivamente serios. Y en 1968, se estrenó un película que no sirvió para lanzar a su protagonista al estrellato, si no a las estrellas. La película fue Barbarella, y la protagonista la guapísima Jane Fonda.

Barbarella, una película de factura europea, en plena época de la psicodelia, para mayor gloria de la belleza de Jane Fonda.

Reconozcamos las cosas como son. La película es mala. No voy a decir que es mal de solemnidad. Pero sí que es muy floja. Y además a envejecido mal. Desde luego, en la actualidad probablemente el interés no pasa de ver las secuencias inciales en las que Jane Fonda, vestida con un traje espacial, realiza un striptease cinematográfico en una supuesta condición de gravedad cero en su nave espacial. Y probablemente, si somos racionales, aquí acaba el interés de la película. O casi.

El sexo es un elemento notorio en el argumento de la película, aunque hoy en día nos parecerá a ratos ingenuo, a ratos ridículo.

El argumento de la película… Pues que a nuestra heroína le encargan salvar al mundo de la amenaza que supone un científico loco de nombre Duran-Duran (o Durand-Durand, según estemos ante la versión inglesa o francesa de la película, que se rodaron simultáneamente). Para ello, nuestra heroína deberá afrontar una serie de aventuras, casi todas ellas con un componente sexual, que van desde montárselo con ser ciego y alado de aspecto angelical, que recuperará la vista tras echar un polvo con la guapa protagonista, a sufrir tortura en una máquina (the Excessive Machine) destinada a ejecutar al sufridor mediante los tremendos orgasmos que produce. Claro que ante Barbarella, la máquina no tendrá nada que hacer y llegará al límite de sus posibilidades sin dañar a la aventurera. Para que os voy a contar más.

Barbarella es llevada por los cielos por Pygar, un ser angelical ciego, que será uno de sus principales aliados.

La película no tuvo una gran acogida. Ni de crítica ni de público. Normal, diría yo. Pero con el tiempo se convirtió en lo que se ha dado en llamar una ‘película de culto‘. Pero claro, para que una película sea ‘de culto’, no tiene porque ser buena. Simplemente tiene que conseguir que un grupo de aficionados, más o menos cultos o más o menos pirados, hablen de ella constantemente y la mantengan en el candelero. O en ‘el candelabro’ como dijo aquella miss de Valladolid. ¿O era de Madrid? Todo termina en ‘id’.

Hemos de recordar que la película se basó en un cómic francés de cierta fama de principios de los años sesenta.

Jane Fonda, como Barbarella, todo lo vestida que puede llegar a aparecer en la película; con un corte muy clásico, a lo legionario romano.

Un famoso grupo de la new wave británica tomó el nombre del malo de la película, Duran-Duran.

El concepto de máquina productora de orgasmos ha aparecido en diversas producciones cinematográficas, con interés menos sádico y más placentero en general. Yo siempre me he quedado con el orgasmatrón de Sleeper (El Dormilon) de Woody Allen.

Barbarella en la 'máquina excesiva' destinada a llevarla a la muerte por estimulación sexual hasta el orgasmo letal; sí, sí, no bromeo,... de esto iba la cosa.