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Archivo de la categoría: 1940

100 años de Ginger

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Nacida un 16 de julio de 1911 como Virginia Katherine McMath, Ginger Rogers es uno de los símbolos de una forma amable de hacer cine, de entretener a la gente. Sus películas con Fred Astaire en los años treinta, cuando todavía era muy joven marcaron para siempre su imagen. A caballo entre el musical y la screwball comedy, tenían un planteamiento muy sencillo. Chico conoce chica, cantan y bailan. La chica se lo pone difícil al chico, cantan y bailan. La chica cede ante los encantos del chico, cantan y bailan. Componiendo siempre personajes vivaces, con orígenes diversos pero a la postre elegantes y divertidos, llenos de glamour, eran capaces de encandilar a la audiencia american, y por extensión a la de todo el mundo, que vivía bajo las sombras de la amarga depresión. Tengo debilidad por estas películas, en las que además estrenaron muchos de los más conocidos estándares del cancionero americano.

Rogers no fue la rubia más guapa, pero a todos gustaba. No fue la mejor pareja de baile de Astaire, pero destilaban química y elegancia por arrobas. No fue la mejor actriz, pero tuvo sus momentos, que incluso se vieron recompensados por el óscar que recibió más tarde, ya desligada de Fred, por Kitty Foyle (Espejismo de amor). Quizá, como sucede en el firmamento con las grandes estrellas, brilló con intensidad durante poco tiempo, para luego irse apagando muy poco a poco, siendo mucho menos recordados sus papeles en décadas posteriores. Pero en cualquier caso, sus películas nos quedarán para siempre. Por lo menos en el recuerdo.

Desgraciadamente, en la actualidad no es fácil ver las películas de la actriz. Seguro que vi casi todas, si no todas, las películas que hizo con Astaire. De las siguientes, recuerdo The major and the minor, el resto… tendré que encontrar momentos y ocasiones para verlas en un futuro.

Ginger Rogers en sus comienzos, The Gay Divorcee (La alegre divorciada), muy joven y muy guapa.

En Top Hat (Sombrero de copa), probablemente la película más emblemática del dúo Ginger y Fred, con el vestido de plumas que tanta guerra dio al rodar el número de Cheek to Cheek.

La misma película, la misma actriz, el mismo vestido,... y el que faltaba.

Tu dices "ider", yo digo "aider",... uno de los más famosos números de la pareja, bailando sobre patines uno de los más conocidos estándares de Gershwing, Let's Call the Whole Thing Off, en Shall We Dance (Ritmo Loco).

Caracterizada como Kitty Foyle en el papel que le dio el óscar a la mejor interpretación femenina.

Habiendo perdido el rubio platino de sus primeros años, en una escena de The Major and the Minor (El mayor y la menor), una comedia que sí recuerdo haber visto.

En Roxie Hart, película que narraba la misma historia que décadas después nos contaría, de otro modo, el musical Chicago; el papel de Rogers era el mismo que en Chicago representó Renée Zellweger.

Hay cierta coincidencia en que Black Widow (La viuda negra) fue una película mediocre; pero no me he resistido a poner esta imagen en la que aparece con Gene Tierney, otra de mis favoritas que ya apareció por estas páginas.

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Cuando una mujer se suelta el pelo,… se quita las gafas,… cualquier cosa es posible

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Por alguna razón desconocida, una de mis películas favoritas es The Big Sleep (El sueño eterno). Basada en una novela negra de Raymond Chandler del mismo título, y la primera en la que aparece el detective Philip Marlowe, siempre he pensado que su trama es un follón de mucho cuidado, casi imposible de descifrar. Pero a pesar de ello, es una película impresionante, que me gusta ver de vez en cuando. Al menos, una vez al año.

Hay muchos elementos de sensualidad en el filme, con alguna que otra actriz interesante, de mis favoritas, de la que habrá que ir hablando más adelante. Pero hoy voy a hablar de la actriz, una secundaria con un papelito pequeño, que hace la que me parece una de las escenas más picantes, con uno de los strip-teases más escuetos y castos de la historia del cine. Y la actriz en cuestión no es otra que la por entonces muy joven, Dorothy Malone.

Una joven y guapa Dorothy Malone en todo su esplendor.

Acreditado el papel en la película como ‘propietaria de la librería Acme’, se encuentra con el protagonista masculino, Bogart haciendo de Marlowe como nadie más lo ha hecho, cuando este se refugia en la librería mientras somete a vigilancia a un sospechoso. Y allí aparece la librera con aspecto intelectual. Pelo castamente recogido. Gafas. Y una pinta de no haber roto nunca un plato.

Marlowe y la librera comienzan su breve pero intenso diálogo.

Tras un diálogo lleno de picardías, la librera se quita las gafas se suelta el pelo,… la mujer aparece en todo su esplendor,… Y sólo la retorcida mente del guionista, y de los espectadores, puede imaginar lo que pasa mientras Marlowe hace tiempo para volver con su sospechoso. En una época donde regía el código Hays, los realizadores se las ingeniaban para aportar la sal y el picante necesario a las películas para atraer al público, sin necesidad de violar las mojigatas regulaciones de la hipócrita sociedad e industria cinematográfica norteamericanas.

Ya sin gafas, la librera y Marlowe brindan por lo que vaya a pasar.

Lo cierto es que posteriormente Dorothy Malone no llegó a ser una gran estrella del celuloide. Tuvo unos cuando papeles en diversos westerns y otras películas en los años 40 y principios de los 50, hasta que le llegó su gran momento cuando consiguió el óscar a la mejor interpretación femenina de reparto por su papel de Marylee Hadley, la hermana licenciosa en el melodrama Written on the Wind (Escrito en el viento), donde volvió a coincidir con la protagonista femenina de The Big Sleep.

Una exhuberante Marylee (Dorothy Malone) se encara con un soso Mitch (Rock Hudson) en la mansión de los Hadley.

Ya convertida en rubia platino, aun tuvo un cierto recorrido en la gran pantalla hasta que se pasó con armas y bagajes a la televisión, donde también tuvo unos cuantos éxitos, aunque eso es otra historia. En cualquier caso, si bien no se puede encuadrar entre las grandes, sin duda es una de las actrices que nos han hecho soñar.

De rubia, y ya madura, este era el aspecto de la Malone conforme se acercaba a su época de fama televisiva.

Los amores de una mujer y un fantasma que no fueron una horterada de los 90

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Se hizo especialmente famosa a principios de los años 90 una película sobre los amoríos de una chica, la mar de mona entonces, y un fantasma. No mencionaré a la protagonista, porque con posterioridad me ha caído particularmente mal. No todas las actrices van a tener derecho a aparecer por aquí. Porque a mí no me apetece. El caso es que aquella película me pareció siempre un pastelón, con exceso de sacarosa, y por lo tanto difícil de digerir. Pero sí recuerdo que por aquel entonces, en algún programa de televisión, supongo que oportunistamente programaron El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir), filme de 1947 que me encantó. Y que luego he visto varias veces más, y me sigue pareciendo una de las película más románticas y bonitas que he visto. En su sencillez. Y en su planteamiento. Y en lo triste que es a pesar del tono general de los diálogos de la película.

Y ante todo, está la señora Muir. Por su puesto también el fantasma (Rex Harrison). Pero ante todo, Mrs. Muir interpretada por una de las actrices más guapas y elegantes que recuerdo, a pesar de que hoy en día ese recuerdo se ha perdido para la mayor parte de la población. Se trata de Gene Tierney, a quien quiero recordar hoy a través de esta película que tanto me gusta.

La primera imagen no pertenece a la película que nos ocupa, pero deja claro la elegancia y lo guapa que era Gene Tierney.

La historia es aparentemente sencilla. Una viuda se instala en una casita de campo cerca de la costa, con el fin de llevar una vida tranquila, sin excesivos costes. Está acompañada de una criada, y de su hija, todavía niña, una Natalie Wood de quien también me gustaría hablar en alguna que otra ocasión. Lo que no sabe la joven viuda de principios del siglo XX es que la casita está encantada, y ya tiene un habitante.

Lucy Muir se instala en su nueva casa bajo la atenta mirada del retrato de un viejo marino, ya muerto, pero con más vida de lo que parece.

Una jovencísima Natalie Wood interpreta los años de infancia de Anna Muir, la hija de Lucy.

Pronto se conocerán el fantasma del viejo marino y la joven viuda. Y llegarán a un pacto por el cual el fantasma no molestará al resto de los habitantes de la casa. También sucederá que, ante las estrecheces económicas de la familia, el viejo fantasma dictará sus memorias a Lucy Muir para conseguir unos ingresos que le son muy necesarios. No detallaré todos los elementos de la trama. Pero si que mencionaré lo fundamental. El fantasma y la viuda se enamorarán. Con un amor aparentemente imposible que pronto será puesto a prueba por las circunstancias vitales de la viuda.

Gene Tierney como Lucy Muir y Rex Harrison como el fantasma del viejo capitán, en uno de sus encuentros nocturnos.

Y conforme la película avanza, el espectador que no desea otra cosa más que algún milagro haga que tan bello amor sea posible, descubre con tristeza que sólo hay un modo que ambos amantes puedan estar juntos para siempre. Y a partir de ahí la melancolía inevitablemente tiñe el filme. Sólo la muerte de Lucy puede reunirla con el viejo capitán.

Como ya digo, no voy a contar los avatares que llevan hasta el final de la historia. Tampoco discutiré sobre si es posible un final feliz en una historia como ésta. Nada de eso importa. Lo mejor es verla. Y disfrutar con las interpretaciones de ambos protagonistas. También conviene admirar la fotografía de Charles Lang, que aporta un inmejorable ambiente a esta bella historia de amor, que optó a un premio de la Academia de Hollywood. Que no ganó. Una pena.

En cualquier caso, quería compartir con todos vosotros una de las películas de las que tocan los sentimientos, a pesar de que han pasado más de sesenta años desde que se realizó.

Escena final del filme; ¿necesito explicar algo más?

¿Quién teme a Elizabeth Taylor? (in memoriam)

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Muchos temieron a Elizabet Taylor. Y no pocos la amaron. Y ahora, a los 79 años, su corazón, quizá fatigado de entregarlo sin mesura durante sus mejores años, la ha postrado y finalmente le ha fallado. Y un 23 de marzo, hoy, ha muerto.

Cuando muere uno o una de los grandes del star system acuden a las plumas de quienes escriben los obituarios cosas como “una gran pérdida para el cine”, “deja un hueco difícil de llenar”, o chorradas por el estilo. Liz Taylor hace muchos años que dejó de ser importante en el cine. Salvo por una cosa. Salvo porque las películas quedan, y son eternas. A al menos deberían serlo. Mientras exista un ser humano para disfrutarlas.

No voy a hacer aquí un repaso exhaustivo de la filmografía de la actriz. Tonterías. No he visto todas sus películas, ni ganas que tengo. Tampoco haré de “prensa rosa” comentando su siempre comentado romance con Richard Burton. Aburrido. Pero sí que haré un repaso a porqué ocupará siempre un lugar en mi corazón de una forma u otra en seis películas. Y que sirva como mi homenaje particular a esta que fue una de las grandes del cine. Y desde luego una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida.

Una película para odiarla

Actriz adolescente por expreso deseo de su madre, siempre odié su personaje en Little Women (Mujercitas). Simplemente no la podía aguantar. Cada vez que nos torturaban antaño con este melodrama de la guerra civil americana, aborrecía sus estúpidos tirabuzones y sus modales de niña pija inaguantable. Si sólo conociese esta película de la Taylor estaría condenada para siempre en mi infierno cinematográfico.

Aunque no lo parezca, la de los horribles tirabuzones de la derecha es la mujer que luego haría soñar a muchos; y eso que en la foto está guapa.

Una película para perder la cabeza por ella

Como le pasó a Montgomery Clift en A Place in the Sun (Un lugar en el sol), en la que pierde la cabeza por una belleza absolutamente deslumbrante, por su estilo, por su clase, por ser todo aquello con lo que sueña un hombre, especialmente si viene desde abajo y quiere llegar alto. Si a alguien se le ocurre dudar de la belleza de la actriz, esta es la película para quitarse las dudas.

Desde mi punto de vista, la película en la que más guapa estaba; claro que apenas tenía dieciocho o diecinueve añitos.

Una película para quererla

El personaje protagonista de Ivanhoe siempre me pareció un cretino. Sólo a él se le ocurre preferir a una cristiana frígida y creida en lugar de escoger a la más bella judía que se ha interpretado en la pantalla grande. Si además bebía los vientos por el estirado sajón,… Si estaba para cogerla, mandar a todos los demás a freir vientos, buscarse un buen castillo con vistas al mar y dedicarse a cuidarla y quererla para siempre… Tonto.

A punto de convertirme al judaísmo estuve yo por la Rebecca de Ivanhoe; con lo palo y estirado que era el condenado sajón.

Dos películas para apasionarse con ella

Las dos basadas en dos obras de Tennessee Williams. Por supuesto, la atormentada protagonista de Suddenly, Last Summer (De repente, el último verano). Impresionante. Pero sobre todo, Cat on a Hot Tin Roof (La gata sobre el tejado de zinc). Esta última es sin duda una de mis diez películas favoritas de toda la historia, y probablemente mi adaptación teatral al cine preferida. El duelo interpretativo con Paul Newman es de obligada visión para cualquiera que quiera siquiera aproximarse levemente a la condición de persona a la que le gusta el cine. Y nuevamente, todo pasión, una de las mujeres más guapas que han aparecido en una pantalla de cine.

Si alguien no se enamora de "la gata" en esta adaptación de Tennessee Williams, es que no le gustan las mujeres o que no tiene sangre en las venas.

¿Y qué me decís de esta escena en la playa de "De repente, el último verano"?

Una película para adorarla

Cinematográficamente hablando. Si la década de los cincuenta fue la década gloriosa de la actriz, a partir de ahí la mediocridad dominó en la filmografía de la Taylor. Hasta que nos ofreció otro recital interpretativo en Who’s Affraid of Virginia Woolf (¿Quién teme a Virginia Woolf?). Con sólo 34 años de edad, la actriz había abandonado el aspecto glamouroso que la había caracterizado. Interpretando a una mujer que envejece mal por culpa del alcohol y de su tormentosa relación matrimonial, la actriz nos ofrece lo mejor de sí misma, convirtiendo a esta película en otra must see de la historia del cine.

Gorda, envejecida,... pero más mujer y más apasionada que nunca; para no olvidarla jamás.

Vivien Leigh, una dama de la tragedia

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Tres son las películas que marcan mis referencias de esta actriz británica tan especial:

Gone with the wind (1939).
Waterloo Bridge (1940).
A streecar named desire (1951).

No fue la actriz más prolífica, sus trayectoria y sus trabajos se vieron marcados por otras tragedias, las de su vida personal. Por otra parte, no fue simplemente una estrella del cine, ya que le dedicó una notable parte de su vida profesional al teatro. Su origen británico le dio esa calidad y esa patina especial de la que carecen los actores y las actrices norteamericanos. También marcó esa trayectoria su relación, primero adúltera y después matrimonial, con el también británico y celebrado Sir Lawrence Olivier.

La película que le dio el glamour de Hollywood y el reconocimiento mundial fue, sin duda alguna, Gone with the wind. Vista por muchos como un drama romántico con el trasfondo épico de la Guerra Civil norteamericana, admite otras lecturas, especialmente cuando uno se ilumina con la lectura de la novela en la que se basa, la obra homónima de la georgiana Margaret Mitchell. Entonces descubrimos que la obra básicamente trata de las tragedias, múltiples que van asolando la vida del personaje femenino que dio gloria a la actriz, esa sureña de origen irlandés, arquetipo de una época y un lugar que fue Katie Scarlett O’Hara. Amores no correspondidos, la guerra, el hambre, hijos no deseados, hijos que se le mueren, la superviviencia en una época de valores que se derrumban mientras rigen las rígidas normas de la cerrada buena sociedad sureña. La obra en su conjunto, tanto la literaria como la fílmica, constituye un fresco impresionante de una década que marcó históricamente a una sociedad y a un pueblo.

Como Scarlett O'Hara, en Lo que el viento se llevó.

Si en Gone with the wind, la tragedia o el drama alcanzaban las dimensiones épica de los grandes estudios de Hollywood, en Waterloo Bridge, el tono es muy distinto. Película del período de guerra, Vivien Leigh vuelve a componer un personaje de caracter trágico, esa bailarina que, cuando cree que ha encontrado la felicidad, todo se confabula para llevar a la desgracia y al derrumbe social y personal.

La desdichada protagonista de El puente de Waterloo.

La celebrada A streetcar named desire entronca directamente con la tragedia clásica, en la que los personajes están abocados por el destino a cumplir como titiriteros el papel que los dioses les han otorgado. En un papel alejado del glamour, la Leigh nos muestra la cantidad de arte interpretativo que llevaba dentro de sí.

Blanche DuBois, en Un tranvía llamado deseo

De momento, terminaremos aquí. Como homenaje esta inmensa actriz, que supo componer uno de los iconos de la cultura cinematográfica del siglo XX, pero que tenía mucho más dentro de sí. Es el comienzo de la andadura de esta bitácora, cuyo nombre la homenajea. Tal vez en otra ocasión hablemos de sus otras tragedias, las personales. Pero de momento, la recordaremos como una de las grandes del Séptimo Arte que fue.