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Archivo de la categoría: 1950

100 años de Ginger

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Nacida un 16 de julio de 1911 como Virginia Katherine McMath, Ginger Rogers es uno de los símbolos de una forma amable de hacer cine, de entretener a la gente. Sus películas con Fred Astaire en los años treinta, cuando todavía era muy joven marcaron para siempre su imagen. A caballo entre el musical y la screwball comedy, tenían un planteamiento muy sencillo. Chico conoce chica, cantan y bailan. La chica se lo pone difícil al chico, cantan y bailan. La chica cede ante los encantos del chico, cantan y bailan. Componiendo siempre personajes vivaces, con orígenes diversos pero a la postre elegantes y divertidos, llenos de glamour, eran capaces de encandilar a la audiencia american, y por extensión a la de todo el mundo, que vivía bajo las sombras de la amarga depresión. Tengo debilidad por estas películas, en las que además estrenaron muchos de los más conocidos estándares del cancionero americano.

Rogers no fue la rubia más guapa, pero a todos gustaba. No fue la mejor pareja de baile de Astaire, pero destilaban química y elegancia por arrobas. No fue la mejor actriz, pero tuvo sus momentos, que incluso se vieron recompensados por el óscar que recibió más tarde, ya desligada de Fred, por Kitty Foyle (Espejismo de amor). Quizá, como sucede en el firmamento con las grandes estrellas, brilló con intensidad durante poco tiempo, para luego irse apagando muy poco a poco, siendo mucho menos recordados sus papeles en décadas posteriores. Pero en cualquier caso, sus películas nos quedarán para siempre. Por lo menos en el recuerdo.

Desgraciadamente, en la actualidad no es fácil ver las películas de la actriz. Seguro que vi casi todas, si no todas, las películas que hizo con Astaire. De las siguientes, recuerdo The major and the minor, el resto… tendré que encontrar momentos y ocasiones para verlas en un futuro.

Ginger Rogers en sus comienzos, The Gay Divorcee (La alegre divorciada), muy joven y muy guapa.

En Top Hat (Sombrero de copa), probablemente la película más emblemática del dúo Ginger y Fred, con el vestido de plumas que tanta guerra dio al rodar el número de Cheek to Cheek.

La misma película, la misma actriz, el mismo vestido,... y el que faltaba.

Tu dices "ider", yo digo "aider",... uno de los más famosos números de la pareja, bailando sobre patines uno de los más conocidos estándares de Gershwing, Let's Call the Whole Thing Off, en Shall We Dance (Ritmo Loco).

Caracterizada como Kitty Foyle en el papel que le dio el óscar a la mejor interpretación femenina.

Habiendo perdido el rubio platino de sus primeros años, en una escena de The Major and the Minor (El mayor y la menor), una comedia que sí recuerdo haber visto.

En Roxie Hart, película que narraba la misma historia que décadas después nos contaría, de otro modo, el musical Chicago; el papel de Rogers era el mismo que en Chicago representó Renée Zellweger.

Hay cierta coincidencia en que Black Widow (La viuda negra) fue una película mediocre; pero no me he resistido a poner esta imagen en la que aparece con Gene Tierney, otra de mis favoritas que ya apareció por estas páginas.

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[Las chicas de la Ci-Fi] Anne Francis, ingenuo erotismo en un planeta prohibido y freudiano

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Parece ser que el fallecimiento de Anne Francis el pasado 2 de enero de 2011, pasó bastante desapercibido. Por lo menos yo no me enteré. También es cierto que en esas fechas no estaba yo para mirar mucho la prensa, ni las noticias que aparecen por internet. En cualquier caso, tampoco se puede considerar una de las grandes actrices de la gran pantalla. De hecho, a partir de finales de los 50 y sobretodo en los años 60, básicamente fue una actriz televisiva.

Pero en 1956 participó en una de las películas de ciencia ficción que marcaron el cine de este género en la época, convirtiéndose hasta cierto punto en una película de culto, sea lo que sea ser una película de culto.

¿Quien dijo que las minifaldas se inventaron en los 60? En la imagen promocional vemos unos de los vestidos más largos que llevó la bella Altaira (Anne Frnacis) durante el rodaje de 'Planeta prohibido'.

La película es una muy libre adaptación, o está basada, como prefiráis, de La tempestad de Shakespeare. Pero en este caso, el náufrago y su hija son sustituidos por el científico único superviviente de una expedición al lejano planeta Altair IV, y su bella, rubia e ingenua hija, Altaira.

Cuando una nave espacial de la Tierra llega al planeta para descubrir qué paso con aquella expedición, pronto descubrirán que algo anómelo se esconde en aquel planeta, donde no son muy bien recibidos, y en el que se encuentran restos de una antigua civilización ya extinguida, y su tecnología todavía en uso.

El doctor y su hija, esta en brazos del valiente comandante, asisten a una de las manifestaciones del monstruo que atemoriza a quienes se posan sobre Altair IV.

Acorde con las modas de la época de producción, la magia presente en la obra de Shakespeare, es sustituida por una reflexión de los conceptos freudianos, especialmente el ello concebido como la bestia interior que todos llevamos dentro y cuyos instintos se encuentran sublimados por los estratos superiores al subconsciente, que lo dominan. Salvo cuando no lo dominan y el monstruo sale al exterior.

La presencia de la bella Altaira trastocará los planes del viejo científico, al enamorarse del apuesto comandantede la nave espacial terrestre. A pesar de su ingenuidad y su inociencia, habiéndose criado en un entorno libre de los estímulos que influyen en la sexualidad de las jóvenes, no podrá evitar dejar que su propia naturaleza femenina se vea atraida por la posición del liderazgo del comandante.

A pesar de lo soso que es el comandante de la nave, un Leslie Nielssen todavía muy lejano de la comedia paródica que le daría fama en un futuro, la rubísima Altaira cae derretida de amor en sus fuertes brazos.

La película, en otro orden de cosas, también llevo fama por dos cosas. Una de ellas es un protagonista no humano, Robbie, uno de los primeros robots con un papel trascendente que aparecieron en el cine de ciencia ficción, y que atrajo a no pocos espectadores a las salas. A pesar de que hoy nos parece un poco como un muñeco michelín con chirimbolos raros. La otra es que la banda sonora está basada en música puramente electrónica que,… la verdad,… suena bastante chirriante, con sus pitidos y esas cosas.

En una imagen promocional del filme vemos a los dos personajes favoritos del personal; la guapa Altaira y el robot Robbie.

En cualquier caso, una película destacable en la historia del cine, y que nos permite añadir otra actriz a nuestra lista de “chicas de la Ci-Fi”. Para finalizar, un ejemplo de los “pícaros” diálogos de la guapa actriz con el comandante:

Altaira: [swiming in a pool] Come on in.
Commander John J. Adams: I didn’t bring my bathing suit. 
Altaira: What’s a bathing suit? 
Commander John J. Adams: [quickly turning his back] Oh, murder!

O en una traducción más o menos libre pero fiable:

Altaira: [nadando en una piscina] Ven, métete.
Comandante John J. Adams: No he traído mi traje de baño. 
Altaira: ¿Qué es un traje de baño? 
Comandante John J. Adams: [volviéndose rápidamente] ¡Oh, diablos!

Altaira, un poco decepcionada, sale del baño ante la reticencia del comandante a darse una chapuzón con ella... por (o a pesar de) la ausencia de trajes de baño.

Cuando una mujer se suelta el pelo,… se quita las gafas,… cualquier cosa es posible

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Por alguna razón desconocida, una de mis películas favoritas es The Big Sleep (El sueño eterno). Basada en una novela negra de Raymond Chandler del mismo título, y la primera en la que aparece el detective Philip Marlowe, siempre he pensado que su trama es un follón de mucho cuidado, casi imposible de descifrar. Pero a pesar de ello, es una película impresionante, que me gusta ver de vez en cuando. Al menos, una vez al año.

Hay muchos elementos de sensualidad en el filme, con alguna que otra actriz interesante, de mis favoritas, de la que habrá que ir hablando más adelante. Pero hoy voy a hablar de la actriz, una secundaria con un papelito pequeño, que hace la que me parece una de las escenas más picantes, con uno de los strip-teases más escuetos y castos de la historia del cine. Y la actriz en cuestión no es otra que la por entonces muy joven, Dorothy Malone.

Una joven y guapa Dorothy Malone en todo su esplendor.

Acreditado el papel en la película como ‘propietaria de la librería Acme’, se encuentra con el protagonista masculino, Bogart haciendo de Marlowe como nadie más lo ha hecho, cuando este se refugia en la librería mientras somete a vigilancia a un sospechoso. Y allí aparece la librera con aspecto intelectual. Pelo castamente recogido. Gafas. Y una pinta de no haber roto nunca un plato.

Marlowe y la librera comienzan su breve pero intenso diálogo.

Tras un diálogo lleno de picardías, la librera se quita las gafas se suelta el pelo,… la mujer aparece en todo su esplendor,… Y sólo la retorcida mente del guionista, y de los espectadores, puede imaginar lo que pasa mientras Marlowe hace tiempo para volver con su sospechoso. En una época donde regía el código Hays, los realizadores se las ingeniaban para aportar la sal y el picante necesario a las películas para atraer al público, sin necesidad de violar las mojigatas regulaciones de la hipócrita sociedad e industria cinematográfica norteamericanas.

Ya sin gafas, la librera y Marlowe brindan por lo que vaya a pasar.

Lo cierto es que posteriormente Dorothy Malone no llegó a ser una gran estrella del celuloide. Tuvo unos cuando papeles en diversos westerns y otras películas en los años 40 y principios de los 50, hasta que le llegó su gran momento cuando consiguió el óscar a la mejor interpretación femenina de reparto por su papel de Marylee Hadley, la hermana licenciosa en el melodrama Written on the Wind (Escrito en el viento), donde volvió a coincidir con la protagonista femenina de The Big Sleep.

Una exhuberante Marylee (Dorothy Malone) se encara con un soso Mitch (Rock Hudson) en la mansión de los Hadley.

Ya convertida en rubia platino, aun tuvo un cierto recorrido en la gran pantalla hasta que se pasó con armas y bagajes a la televisión, donde también tuvo unos cuantos éxitos, aunque eso es otra historia. En cualquier caso, si bien no se puede encuadrar entre las grandes, sin duda es una de las actrices que nos han hecho soñar.

De rubia, y ya madura, este era el aspecto de la Malone conforme se acercaba a su época de fama televisiva.

Nacidas en Tokio, británicas, hermanas, no se hablaban,… y eran las damas de los sajones

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Sí, ambas nacieron en Tokio, con un año de diferencia. Pero eran británicas. Una, la mayor, adoptó para su nombre artístico el apellido familiar, el de su padre, siendo conocida como Olivia De Havilland. La otra, la menor, adoptó el apellido de soltera de su madre, y todo el mundo supo de ella como Joan Fontaine. Se dice que se llevaron mal desde la infancia. Se dice que en un momento dado dejaron de hablarse, y no lo volvieron a hacer hasta 1975. Aunque en muchas ocasiones lo negaron también.

Olivia de Havilland como Lady Marian, el interés sentimental del saltarín Robin de Locksley.

Olivia llegó pronto al estrellato, y no hay duda de que en su carrera hay notables interpretaciones. Pero siempre en preferido a Joan, que de alguna forma lo tuvo más difícil, pero en mi opinión consiguió interpretaciones más profundas más intensas.

Joan Fontaine como Lady Rowena siente celos ante la relación de Rebecca (en la foto, Elizabeth Taylor) con su enamorado de siempre, Sir Ivanhoe.

Pero una gran coincidencia en sus carreras, es que ambas interpretaron un papel similar en dos películas distintas. En 1938, una joven Olivia de apenas 22 años se convertía en Marian, el interés romántico del héroe sajón Robin de Locksley, Robin de los Bosques o Robin Hood, como prefiráis llamarlo, interpretado por el inolvidable Errol Flynn. He de reconocer que siempre he sentido debilidad por esta película, paradigma durante mucho tiempo del género de aventuras. Dinámica, alegre, bien interpretada y con un guion excelente, es un divertimento estupendo. Siempre recomendable.

Lady Marian y Robin miran desafiantes a los malvados normandos, que subyugan sin piedad a los pobres sajones.

Catorce años más tarde, una ya bastante más madura Joan se convirtió en la enamorada de un arrogante y leal Ivanhoe, también héroe sajón, que tiene que luchar con los pérfidos normandos. Lo curioso de ambas historias es que ambos héroes son fieles al rey Ricardo I ‘Corazón de León’, que también era normando. Y que en la realidad, tan apenas visitó las islas británicas y ni siquiera hablaba en inglés. Esta segunda película es mucho más floja. En realidad, es un producto fallido, heredero del anterior. Los personajes carecen del carisma de la dedicada al proscrito Robin. Y la Fontaine no consigue la chispa que su hermana dio en su película de normandos y sajones. Para colmo de males, tuvo que compartir protagonismo con una maravillosamente guapa Elizabeth Taylor, que le robó cada plano en el que aparecieron juntas. Pero bueno. Que eso no desmerezca el resto de su carrera. Pero de eso hablaremos en otra ocasión. De momento, aquí queda la curiosidad de los paralelismos entre las dos hermanas De Havilland.

Uno de los problemas que siempre tuvo 'Ivanhoe' fue la sosez de su protagonista masculino.

¿Quién teme a Elizabeth Taylor? (in memoriam)

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Muchos temieron a Elizabet Taylor. Y no pocos la amaron. Y ahora, a los 79 años, su corazón, quizá fatigado de entregarlo sin mesura durante sus mejores años, la ha postrado y finalmente le ha fallado. Y un 23 de marzo, hoy, ha muerto.

Cuando muere uno o una de los grandes del star system acuden a las plumas de quienes escriben los obituarios cosas como “una gran pérdida para el cine”, “deja un hueco difícil de llenar”, o chorradas por el estilo. Liz Taylor hace muchos años que dejó de ser importante en el cine. Salvo por una cosa. Salvo porque las películas quedan, y son eternas. A al menos deberían serlo. Mientras exista un ser humano para disfrutarlas.

No voy a hacer aquí un repaso exhaustivo de la filmografía de la actriz. Tonterías. No he visto todas sus películas, ni ganas que tengo. Tampoco haré de “prensa rosa” comentando su siempre comentado romance con Richard Burton. Aburrido. Pero sí que haré un repaso a porqué ocupará siempre un lugar en mi corazón de una forma u otra en seis películas. Y que sirva como mi homenaje particular a esta que fue una de las grandes del cine. Y desde luego una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida.

Una película para odiarla

Actriz adolescente por expreso deseo de su madre, siempre odié su personaje en Little Women (Mujercitas). Simplemente no la podía aguantar. Cada vez que nos torturaban antaño con este melodrama de la guerra civil americana, aborrecía sus estúpidos tirabuzones y sus modales de niña pija inaguantable. Si sólo conociese esta película de la Taylor estaría condenada para siempre en mi infierno cinematográfico.

Aunque no lo parezca, la de los horribles tirabuzones de la derecha es la mujer que luego haría soñar a muchos; y eso que en la foto está guapa.

Una película para perder la cabeza por ella

Como le pasó a Montgomery Clift en A Place in the Sun (Un lugar en el sol), en la que pierde la cabeza por una belleza absolutamente deslumbrante, por su estilo, por su clase, por ser todo aquello con lo que sueña un hombre, especialmente si viene desde abajo y quiere llegar alto. Si a alguien se le ocurre dudar de la belleza de la actriz, esta es la película para quitarse las dudas.

Desde mi punto de vista, la película en la que más guapa estaba; claro que apenas tenía dieciocho o diecinueve añitos.

Una película para quererla

El personaje protagonista de Ivanhoe siempre me pareció un cretino. Sólo a él se le ocurre preferir a una cristiana frígida y creida en lugar de escoger a la más bella judía que se ha interpretado en la pantalla grande. Si además bebía los vientos por el estirado sajón,… Si estaba para cogerla, mandar a todos los demás a freir vientos, buscarse un buen castillo con vistas al mar y dedicarse a cuidarla y quererla para siempre… Tonto.

A punto de convertirme al judaísmo estuve yo por la Rebecca de Ivanhoe; con lo palo y estirado que era el condenado sajón.

Dos películas para apasionarse con ella

Las dos basadas en dos obras de Tennessee Williams. Por supuesto, la atormentada protagonista de Suddenly, Last Summer (De repente, el último verano). Impresionante. Pero sobre todo, Cat on a Hot Tin Roof (La gata sobre el tejado de zinc). Esta última es sin duda una de mis diez películas favoritas de toda la historia, y probablemente mi adaptación teatral al cine preferida. El duelo interpretativo con Paul Newman es de obligada visión para cualquiera que quiera siquiera aproximarse levemente a la condición de persona a la que le gusta el cine. Y nuevamente, todo pasión, una de las mujeres más guapas que han aparecido en una pantalla de cine.

Si alguien no se enamora de "la gata" en esta adaptación de Tennessee Williams, es que no le gustan las mujeres o que no tiene sangre en las venas.

¿Y qué me decís de esta escena en la playa de "De repente, el último verano"?

Una película para adorarla

Cinematográficamente hablando. Si la década de los cincuenta fue la década gloriosa de la actriz, a partir de ahí la mediocridad dominó en la filmografía de la Taylor. Hasta que nos ofreció otro recital interpretativo en Who’s Affraid of Virginia Woolf (¿Quién teme a Virginia Woolf?). Con sólo 34 años de edad, la actriz había abandonado el aspecto glamouroso que la había caracterizado. Interpretando a una mujer que envejece mal por culpa del alcohol y de su tormentosa relación matrimonial, la actriz nos ofrece lo mejor de sí misma, convirtiendo a esta película en otra must see de la historia del cine.

Gorda, envejecida,... pero más mujer y más apasionada que nunca; para no olvidarla jamás.

La doble personalidad de Tracy Lord

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Si en el anterior artículo hablaba de las distintas versiones de los amores de Terry McKay, hoy me encuentro con un tema similar. Recientemente vi por televisión, de nuevo, la última película de Grace Kelly para el cine, antes de representar el papel de princesa de cuento de hadas y cuentas corrientes supermillonarias. Me refiero a High Society (1956). Esta película, desde mi punto de vista, fue una total y absoluta osadía. Un atrevimiento. Era una nueva versión de una de las mejores comedias de la historia del cine; la maravillosa The Philadelphia Story (1940).

Comencemos por la comparativa general. La historia original fue dirigida por uno de los grandes, George Cukor. La nueva versión lo fue por un más discreto Charles Walters. La chica, ese emblemático personaje del cine que es Tracy Lord, fue interpretado en primer lugar por una Katharine Hepburn en estado de gracia en el mundo de la comedia, mientras que la versión más moderan lo fue por la aristocrática y sobria Grace Kelly, a punto de cambiar los platós de cine por el microestado monegasco, en la Costa Azul. Si el cínico C.K. Dexter Haven fue en principio el rey de la comedia romántica, Cary Grant, que tan buena química había creado ya con la Hepburn en Bringing Up Baby (1938), en la versión posterior nos encontramos con el elegante y buena persona Bing Crosby. James Stewart y Frank Sinatra también comparte personajes, así como Ruth Hussey y Celeste Holm. Decir además que High Society fue una película con canciones, no me atrevo a llamarla un musical, que contó con la participación de Louis Armstrong y con la música de Cole Porter.

Los principales miembros del reparto de Historias de Filadelfia, reunidos en un mismo fotograma.

Del párrafo anterior, creo que queda claro que las historias que en Filadelfia sucedieron me parecen mucho mejores que las aventuras cantadas tres lustros más tarde. Desde los ladrillos hasta el cemento, todo contribuyó a una contrucción mucho más sólida y divertida.

Pero a lo que vamos es a hablar de nuestras favoritas. De las diosas del celuloide. Y la batalla no es banal. Ninguna de las protagonistas carece de atributos. Pero en esta ocasión, la Kelly, a pesar de su buen hacer, sólo gana en una cosa a la Hepburn. Y es en la impresionante belleza que despliega en este y en todos los filmes que protagonizó. Sin embargo, la Hepburn gana en todo lo demás. En inteligencia, en picardía, en dinamismo, en identificación con el personaje. Incluso en capacidad de seducción, a pesar de que el físico de Katharine no tiene la calidad aristocrática de la rubia ¡¡¡natural de Filadelfia!!! Porque sí, Grace era una mujer que procedía exactamente del mismo estrato social que el personaje que interpreta. La alta sociedad de Filadelfia y en general del estado de Pensilvania. Pero el personaje exige unos requisitos que sólo Katharine. Esta última no es que procediera del arrollo. Nacida en la próspera ciudad de Hartford en Connecticut, hija de un médico con buena posición, carecía no obstante del halo aristocrático, que no obstante supo suplir y adquirir gracias a su personalidad y su elegancia muy personal.

Alta sociedad, más moderna, en color, y con canciones.

Tras reflexionar sobre ambas películas, y viendo el carácter que imprimen a Tracy Lord ambas actrices, llegó a una conclusión. Si en el primer largometraje, me parce natural que Tracy acabe en brazos del pícaro, en el segundo, uno esperaría que acabara de matrona aburrida, casada con el soso George Kittredge. Que al fin y al cabo, es lo que parece que le pasó a Grace Kelly en la vida real. Principados aparte.

Notas explicativas:

High Society se estrenó en España como Alta sociedad.

The Philadelphia Story se estrenó en España como Historias de Filadelfia.

Bringing Up Baby se estrenó en España como La fiera de mi niña.

Conviene no confundir el personaje de las comedias llamada Tracy Lord o Tracy Samantha Lord, con la actriz de cine porno y películas de serie B que adoptó los nombres “artísticos” de Traci Lords, Traci Elizabeth Lords, Tracie Lords o Tracy Lords.

Los amores de Terry McKay

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Las nuevas versiones de las obras cinematográficas, los remakes que dicen los anglodependientes, están en la actualidad a la orden del día. Pareciera que los guionistas se han quedado sin ideas. O simplemente que alguien ha decidido que no merece pagar el talento creativo o imaginativo. Total con un actor o actriz haciendo siempre de si mismo, más una abundancia de efectos especiales, ya se consigue llenar la salas de consumidores compulsivos de palomitas de maiz por quintales. Dos terrores nocturnos me asaltan de vez en cuando y me quitan el sueño. Uno, que alguien decida realizar la nueva versión de Gone with the wind (Lo que el viento se llevó); misión imposible desde mi punto de vista, pues ya la tarea de realizar la versión original fue una verdadera odisea. El segundo, comentado de vez en cuando, la realización de una nueva versión de Casablanca. Me niego rotundamente a que nadie vuelva a interpreta a la abnegada Ilsa Lund. No. Por supuesto, me refiero a una nueva versión seria, y no a ese espantajo cinematográfico que se realizó para “mayor lucimiento” de varias arrobas de silicona pegadas a un cuerpo de mujer.

Hoy hablaré de una historia que ha tenido varias versiones, en las que siempre ha destacado una de las heroinas cinematográficas a las que están dedicadas estas páginas. Se trata de Love affair, tanto en su versión de 1939 como en la de 1994, así como en la de distinto título de 1957, An Affair to Remember.

Para mí, lo fundamental de la película es el personaje femenino, Terry McKay, el único que conserva el nombre en las tres versiones del filme, y en gran medida, la personalidad. Además está interpretada por tres grandes de la interpretación femenina; en orden cronológico, Irene Dunne, Deborah Kerr y Annette Bening. Clase, belleza y calidad interpretativa repartidas de forma muy equilibrada, y en abundancia.

Irene Dunne y Charles Boyer fueron la primera pareja dirigida por Leo McCarey.

He de reconocer que la historia, dirigida en dos ocasiones por Leo McCarey, sobre la base de una identidad en los guiones y en la filmación escena por escena, y en la tercera ocasión de forma más libre por Glenn Gordon Caron, rezuma un tufillo conservador notable. Un crápula playboy, a punto de pasar por la vicaría, se encuentra en un viaje con una mujer, cantante, que vive mantenida por un amante rico. El playboy se y la mantenida se gustan y comienzan sus escarceos que catalizan en amor con el encuentro con la dulce y piadosa abuelita del playboy. Conscientes de sus licenciosas vidas, se dan seis meses para cambiar sus rumbos, para dotarse de una patina de honorabilidad que les permita afrontar una vida juntos con garantías. Una cita en lo alto del Empire State Building es el objetivo. Un cita que nunca llegará porque nada es fácil para el pecador. No basta con el arrepentimiento y el propósito de la enmienda; hay que imponer una dura penitencia. Especialmente dura para la mujer, siempre bajo sospecha, especialmente en un mundo dominado por los “machos”.

La pareja formada por Deborah Kerr y Cary Grant son mis favoritos para esta historia de amor.

No hablaremos mucho del papel protagonista masculino. El personaje recibe nombres diversos, cambia de nacionalidad, y se dedica a diversas cosas, además de a ligar. Pero tiene un interés más limitado que el personaje femenino. Fue interpretado en primer lugar por el elegante y francés Charles Boyer, lo siguió el incombustible Cary Grant, y lo remató, con poca fortuna, el inefable Warren Beatty.

El personaje femenino es mucho más sutil. Especialmente en las dos primeras versiones. Tiene un debate interior más profundo sobre lo que su vida es. Tiene más claro hacia donde quiere ir. Y también es quien más sufre, quien más capacidad de sacrificio tiene, y quien más capacidad de perdón muestra. Para los parámetros actuales, es un personaje que deberíamos considerar periclitado. Ya nadie debería dudar del derecho de las mujeres a conducir su vida como mejor les convenga, sin verse sometidas a estúpidos juicios morales. Sin embargo, puede quedar como un símbolo de dónde no debemos volver; un símbolo de que las mujeres no deben ser obligadas a defender su dignidad personal sujetas a morales trasnochadas y más allá del punto que se exige a los hombres.

De las tres versiones, la última es francamente flojita. Aunque Anette Bening está guapísima y hace lo que puede, aunque contamos con una breve y estupenda colaboración de Katharine Hepburn como abuelita del playboy, la película carece del ritmo adecuado y de las sutilezas en los personajes que enriquecían las anteriores versiones. Por no hablar de las limitaciones de Beatty en materia de actuación. Las dos primeras son, sin embargo, excelentes. Ambas parejas protagonistas consiguen una química impecable, nos emocionan y nos solidarizamos con ellas. Tenemos la necesidad imperiosa de que haya un final razonablemente feliz. Tanto Irene Dunne como Deborah Kerr están perfectas, y establecen casi un prototipo de personaje femenino, mucho más rico que el que la conservadora sociedad americana de posguerra nos mostraría en el cine norteamericano.

Annette Bening, camino de convertirse en una grande de la pantalla, en compañía de Katharine Hepburn, una que hacía tiempo que lo era.

Mis preferencias, no obstante, se encaminan hacia la interpretación de la Kerr, que nos muestra una variedad de sentimientos, simplemente con una mirada, con entornar los ojos, con un mohín en la boca que muestran la excelencia interpretativa de la actriz británica. En seguida nos damos cuenta de que es imposible que Cary Grant no caiga rendido a sus pies. Todos lo hacemos. Este filme, que en españa se tituló Tú y yo (al igual que la primera versión), es uno de mis melodramas favoritos; melodrama que no carece de tonos de humor, fino, elegante. No os lo perdáis. De verdad.

Finalmente una nota sobre los títulos de las películas. Como ya he indicado, el primer Love Affair y An Affair to Remember recibieron en España el tonto título de Tú y yo. El segundo Love Affair fue traducido de una forma excesivamente literal por el feo Un asunto de amor. Poco más tarde, el peligrosísimo traductor de títulos al castellano asignó Algo para recordar, que hubiera convenido perfectamente a la segunda versión del filme, a un producto empalagoso e intragable cuya correcta traducción al castellano hubiese sido “insomne en Seattle”, que tenía constantes referencias a la película que protagonizó Deborah Kerr, y que dirigió quien yo considero un peligro público para el buen gusto cinematográfico. Por favor, no se equivoquen; esta última película no tiene realmente que ver con la maravillosa historia de amor que hemos comentado. Es sólo un monton de algodón de azúcar, que debería ser vigorosamente perseguido por la BAC. He dicho.