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[Las chicas de la Ci-Fi] Sigourney, el azote de los más terroríficos extraterrestres que en el cine han sido

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A Sigourney Weaver la fama le vino de la mano de un horrible alienígena, que por culpa de la avaricia de las grandes corporaciones mercantiles, acaba metido en la inolvidable Nostromo, de una de las mejores películas de su director, Ridley Scott, y de la historia del cine de ciencia ficción: Alien (Alien, el octavo pasajero).

La tripulación de la Nostromo es despertada por 'Madre', el ordenador de a bordo, al recibir la señal alienígena de un planeta cercano.

La sargento Ellen Ripley (warrant officer es la graduación original, que se puede traducir por sargento mayor o algo parecido) será uno de los personajes que marcará la carrera de la actriz, a pesar de que tiene unas dotes interpretativas que dan para mucho más, como ha demostrado a lo largo de su carrera. Pero volvamos a lo que nos ocupa, su encarnación de la sargento Ripley.

Ripley forma parte de una nave espacial comercial, la Nostromo, que tras una misión se encuentra de regreso a la Tierra llevando a su tripulación en hibernación (nada de hiperespacios y curvaturas del espacio en este universo; las naves espaciales vuelan según Newton, o en el mejor de los casos, modificado por Einstein). Cuando descubren una señal de origen alienígena procedente de un planeta que pasaba por allí.

El capitán, su oficial ejecutivo, el oficial científico y Ripley, la responsable de la seguridad, toman decisiones sobre lo que hacer ante la recepción de la señal alieníagena.

Tras una misión de investigación, uno de los tripulantes es atacado por un alienígena, que se le queda atascado a la cara. A pesar de la negativa de la sensata y racional Ripley, el oficial científico permite el paso a los expedicionarios, con el bicho adherido a la cara del oficial ejecutivo. Poco saben de lo que les viene encima.

Ripley opina que no conviene franquear el paso a los expedicionarios que llevan al alienígena adherido; convendrá mantener los métodos de cuarentena, aunque será traicionada por el sorprendente oficial científico. Maldito 'pellejudo', sería el apelativo que hubiese recibido en otra de las más famosas películas del director.

No voy a detallar todas las vicisitudes por las que pasa la malhadada tripulación de la Nostromo. Sólo diré que poco a poco, irán cayendo en las garras del terrible alienígena, que se convertirá en uno de los personajes de ficción más famosos de la historia del cine. Sólo la prudencia, la inteligencia, y el coraje de Ripley le permitirá llegar al emocionante enfrentamiento final con el feo extraterrestre.

La sargento Ripley, armada hasta los dientes, dispuesta a enfrentarse al maldito bicho.

A pesar del título en español, el alienígena no es el octavo pasajero de la Nostromo, sino el noveno; porque el gato de la tripulación merece el título de octavo pasajero con mayor justicia.

Un traje para actividades extravehiculares es un buen sitio para planear cómo deshacerse del monstruo.

La película tuvo un gran éxito, y dio lugar a una saga con tres películas más de las que yo sólo he visto un tercio de la segunda película, Aliens. No voy a contar, porque nunca llegué a ver esta película entera, aunque tiene su gracia. Pero el hecho es que nunca lo hice en la pantalla grande, aun habiendo empezado a verla en la fila 9 del cine Palafox de Zaragoza, si no recuerdo mal un miércoles del invierno de 1986-1987. Lo cierto es que lo poco que vi tenía un tono que nada tenía que ver con las sutilezas de las primera película. Y ya no sentí interés por el resto de la saga ni por el personaje, que de repente se había convertido en una especie de “rambo” femenino espacial.

Pero fuimos muchos los que sentimos algo importante por la sargento Ripley allá a finales de la década de los 70.

En la primera secuela de la película, Ripley con unos cuantos marines espaciales se dirigen a salvar a una colonia extraterrestre,... con poco éxito, aunque algún superviviente queda.

Juliette, el chic de lo francés

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Hace un par de días estaba cenando con unos amigos, cuando surgió a conversación el fallecimiento de Elizabeth Taylor. Y de ahí derivó la conversación a hablar sobre actrices guapas, realmente guapas. Con una sensación. Que hoy en día hay muchas actrices a las que se les puede llamar guapas, pero ninguna te deja la impresión de las de antaño. No sabíamos definir muy bien porqué. O hasta que punto era una sensación subjetiva, etérea y difícil de definir. En un momento dado, alguien comentó algo así como… “bueno, están las francesas; las actrices francesas siempre son muy guapas”.

Creo que podría dedicar una entrada monográfica a las actrices francesas. Por lo menos de una determinada época. O incluso hacer una serie. Pero de momento me contentaré con hablar de aquella que más nos ha gustado siempre. Que más capacidad ha tenido para enamorarnos. Con quien más hemos sentido en la pantalla del cine. Aunque objetivamente se pudiera decir que hay otras más guapas. Que todo es cuestión de gustos. Me refiero a Juliette Binoche.

Tereza, una joven enamorada checa utiliza una cámara de fotos para inmortalizar los acontecimientos del a primavera del 68, y otros relacionados con su vida sentimental, en La insoportable levedad del ser.

Mis primeros recuerdos de la actriz son del estreno en España de la adaptación de la novela de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser. Una película sobre la que no hay unanimidad en su apreciación, pero que a mí siempre me ha gustado. Especialmente porque nos dio a descubrir a un trío protagonista muy interesante. De Lena Olin tal vez hable más adelante. Porque siempre me ha parecido también una mujer y una actriz muy interesante, que ha coincidido con Binoche en más de una ocasión.

Pero si ya en aquella película nos abrumó el aspecto frágil de aquella bella joven de veintipocos años, creo que su película de juventud que acabó de definirla y convertirla en un icono de una forma de ser y actuar en el cine europeo fue Les amants du Pont-Neuf (Los amantes del Puente Nuevo). El retrato de la joven pintora sin techo que se refugia en las obras de rehabilitación del más viejo puente de París, a pesar de su nombre, maltratada por el amor y por la naturaleza, y que acabará viviendo una bella historia de amor con otro vagabundo de las calles parisinas es uno de los papeles más destacados del cine de la época.

La joven Michelle llega a un acuerdo de convivencia con el gruñón de Hans para compartir los espacios del Pont-Neuf, sobre el Sena.

Poco a poco, llegó la fama internacional y las oportunidades de campanillas para la radiante y natural belleza de esta actriz nacida en la capital gala en 1964. Y probablemente fue su interpretación en la primera parte de la trilogía de los colores de Kieslowski, Trois couleurs: Bleu (Tres colores: Azul), la que la lanzó definitivamente al estrellato. No es mi película favorita de la trilogía, pero hay una cierta unanimidad en la crítica sobre las cualidades tanto del filme como de la interpretación.

No mucho después llegó el reconocimiento internacional, cuando recogió su óscar a la mejor interpretación femenina de reparto por su papel de Hana en The English Patient (El paciente inglés). Su composición de la joven enfermera canadiense durante la invasión aliada de Italia, que queda al cuidado del quemado y atormentado “paciente inglés” consiguió algunas de las escenas más emotivas del cine que he visto en la gran pantalla, haciendo de esta película, con la colaboración necesaria del resto del elenco, una de mis favoritas de toda la historia del cine.

La atormentada viuda del compositor que representa en Tres colores: Azul enamoró a muchos espectadores.

Hana, con su uniforme de campaña de las fuerzas auxiliares de sanidad canadienses en Italia, se refugia ante uno de las estresantes situaciones que le harán replantearse que hace ella en esta guerra.

Obviamente no voy a repasar todas las películas que he visto de la actriz, sólo aquellas que más significativas me parecen. Por lo tanto, daré ahora un salto para encontrarla convertida en una especie de “bruja buena” que con su hija es llevada por el viento hasta un conservador pueblo de la campiña francesa, donde embrujará a todos no con sortilegios ni cosas de estas, sino con su encanto natural y sus dulces de chocolate. Por estamos hablando de Chocolat, una película adaptación de la novela del mismo título de Joanne Harris, una película que aunque no alcance el nivel de las anteriores es una delicia de ver, y que nos muestra a una Juliette Binoche que progresivamente va aceptando su entrada en papeles de mujer más madura. Tranquilamente. Sin grandes alharacas.

Esta película reivindica notablemente la figura femenina, y cuenta con otras excelentes actrices en su reparto, de las cuales en algún momento iré hablando. Nuevamente colabora con Lena Olin.

La itinerante madre Vianne Rocher abre su chocolatería en el ficticio Lansquenet-sur-Tannes, en algún lugar del centro de Francia, alterando la tranquila y ordenada vida de sus conservadores habitantes.

Cerraré mi repaso por la cinematografía de esta excelente y guapísima actriz francesa, una de mis preferidas de todos los tiempos, con el último filme que estrenó en las pantallas españolas durante el pasado otoño. Copie conforme (Copia certificada) es un drama matrimonial, en el que nunca sabemos qué es real y que es representado, en el cual una madura Binoche da un recital de intensidad dramática en la interpretación. Una demostración que tenemos actriz para rato, y que seguiremos disfrutando de su elegancia interpretativa, de su hermosura, y del buen cine que trae consigo. Que así sea.

Por las calles de una ciudad de la Toscana italiana, una mujer en los cuarenta, cuyo nombre no llegaremos a conocer, arrastra a su hijo preadolescente en su papel de madre que sufre otros conflictos íntimos que conoceremos durante el filme.

[Las chicas de la Ci-Fi] Con Jane Fonda, la psicodelia de los sesenta se paseó por el espacio exterior

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1968. Ese año mágico de la segunda mitad del siglo XX, al que no sé si hay que darle las gracias por todo los que vino después, o achacarle todos los males que nos acontecen desde entonces. Serias dudas me entran. Pero en esta serie sobre las actrices que nos hicieron soñar en las películas de ciencia ficción, no nos podemos poner excesivamente serios. Y en 1968, se estrenó un película que no sirvió para lanzar a su protagonista al estrellato, si no a las estrellas. La película fue Barbarella, y la protagonista la guapísima Jane Fonda.

Barbarella, una película de factura europea, en plena época de la psicodelia, para mayor gloria de la belleza de Jane Fonda.

Reconozcamos las cosas como son. La película es mala. No voy a decir que es mal de solemnidad. Pero sí que es muy floja. Y además a envejecido mal. Desde luego, en la actualidad probablemente el interés no pasa de ver las secuencias inciales en las que Jane Fonda, vestida con un traje espacial, realiza un striptease cinematográfico en una supuesta condición de gravedad cero en su nave espacial. Y probablemente, si somos racionales, aquí acaba el interés de la película. O casi.

El sexo es un elemento notorio en el argumento de la película, aunque hoy en día nos parecerá a ratos ingenuo, a ratos ridículo.

El argumento de la película… Pues que a nuestra heroína le encargan salvar al mundo de la amenaza que supone un científico loco de nombre Duran-Duran (o Durand-Durand, según estemos ante la versión inglesa o francesa de la película, que se rodaron simultáneamente). Para ello, nuestra heroína deberá afrontar una serie de aventuras, casi todas ellas con un componente sexual, que van desde montárselo con ser ciego y alado de aspecto angelical, que recuperará la vista tras echar un polvo con la guapa protagonista, a sufrir tortura en una máquina (the Excessive Machine) destinada a ejecutar al sufridor mediante los tremendos orgasmos que produce. Claro que ante Barbarella, la máquina no tendrá nada que hacer y llegará al límite de sus posibilidades sin dañar a la aventurera. Para que os voy a contar más.

Barbarella es llevada por los cielos por Pygar, un ser angelical ciego, que será uno de sus principales aliados.

La película no tuvo una gran acogida. Ni de crítica ni de público. Normal, diría yo. Pero con el tiempo se convirtió en lo que se ha dado en llamar una ‘película de culto‘. Pero claro, para que una película sea ‘de culto’, no tiene porque ser buena. Simplemente tiene que conseguir que un grupo de aficionados, más o menos cultos o más o menos pirados, hablen de ella constantemente y la mantengan en el candelero. O en ‘el candelabro’ como dijo aquella miss de Valladolid. ¿O era de Madrid? Todo termina en ‘id’.

Hemos de recordar que la película se basó en un cómic francés de cierta fama de principios de los años sesenta.

Jane Fonda, como Barbarella, todo lo vestida que puede llegar a aparecer en la película; con un corte muy clásico, a lo legionario romano.

Un famoso grupo de la new wave británica tomó el nombre del malo de la película, Duran-Duran.

El concepto de máquina productora de orgasmos ha aparecido en diversas producciones cinematográficas, con interés menos sádico y más placentero en general. Yo siempre me he quedado con el orgasmatrón de Sleeper (El Dormilon) de Woody Allen.

Barbarella en la 'máquina excesiva' destinada a llevarla a la muerte por estimulación sexual hasta el orgasmo letal; sí, sí, no bromeo,... de esto iba la cosa.

Los amores de una mujer y un fantasma que no fueron una horterada de los 90

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Se hizo especialmente famosa a principios de los años 90 una película sobre los amoríos de una chica, la mar de mona entonces, y un fantasma. No mencionaré a la protagonista, porque con posterioridad me ha caído particularmente mal. No todas las actrices van a tener derecho a aparecer por aquí. Porque a mí no me apetece. El caso es que aquella película me pareció siempre un pastelón, con exceso de sacarosa, y por lo tanto difícil de digerir. Pero sí recuerdo que por aquel entonces, en algún programa de televisión, supongo que oportunistamente programaron El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir), filme de 1947 que me encantó. Y que luego he visto varias veces más, y me sigue pareciendo una de las película más románticas y bonitas que he visto. En su sencillez. Y en su planteamiento. Y en lo triste que es a pesar del tono general de los diálogos de la película.

Y ante todo, está la señora Muir. Por su puesto también el fantasma (Rex Harrison). Pero ante todo, Mrs. Muir interpretada por una de las actrices más guapas y elegantes que recuerdo, a pesar de que hoy en día ese recuerdo se ha perdido para la mayor parte de la población. Se trata de Gene Tierney, a quien quiero recordar hoy a través de esta película que tanto me gusta.

La primera imagen no pertenece a la película que nos ocupa, pero deja claro la elegancia y lo guapa que era Gene Tierney.

La historia es aparentemente sencilla. Una viuda se instala en una casita de campo cerca de la costa, con el fin de llevar una vida tranquila, sin excesivos costes. Está acompañada de una criada, y de su hija, todavía niña, una Natalie Wood de quien también me gustaría hablar en alguna que otra ocasión. Lo que no sabe la joven viuda de principios del siglo XX es que la casita está encantada, y ya tiene un habitante.

Lucy Muir se instala en su nueva casa bajo la atenta mirada del retrato de un viejo marino, ya muerto, pero con más vida de lo que parece.

Una jovencísima Natalie Wood interpreta los años de infancia de Anna Muir, la hija de Lucy.

Pronto se conocerán el fantasma del viejo marino y la joven viuda. Y llegarán a un pacto por el cual el fantasma no molestará al resto de los habitantes de la casa. También sucederá que, ante las estrecheces económicas de la familia, el viejo fantasma dictará sus memorias a Lucy Muir para conseguir unos ingresos que le son muy necesarios. No detallaré todos los elementos de la trama. Pero si que mencionaré lo fundamental. El fantasma y la viuda se enamorarán. Con un amor aparentemente imposible que pronto será puesto a prueba por las circunstancias vitales de la viuda.

Gene Tierney como Lucy Muir y Rex Harrison como el fantasma del viejo capitán, en uno de sus encuentros nocturnos.

Y conforme la película avanza, el espectador que no desea otra cosa más que algún milagro haga que tan bello amor sea posible, descubre con tristeza que sólo hay un modo que ambos amantes puedan estar juntos para siempre. Y a partir de ahí la melancolía inevitablemente tiñe el filme. Sólo la muerte de Lucy puede reunirla con el viejo capitán.

Como ya digo, no voy a contar los avatares que llevan hasta el final de la historia. Tampoco discutiré sobre si es posible un final feliz en una historia como ésta. Nada de eso importa. Lo mejor es verla. Y disfrutar con las interpretaciones de ambos protagonistas. También conviene admirar la fotografía de Charles Lang, que aporta un inmejorable ambiente a esta bella historia de amor, que optó a un premio de la Academia de Hollywood. Que no ganó. Una pena.

En cualquier caso, quería compartir con todos vosotros una de las películas de las que tocan los sentimientos, a pesar de que han pasado más de sesenta años desde que se realizó.

Escena final del filme; ¿necesito explicar algo más?

Nacidas en Tokio, británicas, hermanas, no se hablaban,… y eran las damas de los sajones

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Sí, ambas nacieron en Tokio, con un año de diferencia. Pero eran británicas. Una, la mayor, adoptó para su nombre artístico el apellido familiar, el de su padre, siendo conocida como Olivia De Havilland. La otra, la menor, adoptó el apellido de soltera de su madre, y todo el mundo supo de ella como Joan Fontaine. Se dice que se llevaron mal desde la infancia. Se dice que en un momento dado dejaron de hablarse, y no lo volvieron a hacer hasta 1975. Aunque en muchas ocasiones lo negaron también.

Olivia de Havilland como Lady Marian, el interés sentimental del saltarín Robin de Locksley.

Olivia llegó pronto al estrellato, y no hay duda de que en su carrera hay notables interpretaciones. Pero siempre en preferido a Joan, que de alguna forma lo tuvo más difícil, pero en mi opinión consiguió interpretaciones más profundas más intensas.

Joan Fontaine como Lady Rowena siente celos ante la relación de Rebecca (en la foto, Elizabeth Taylor) con su enamorado de siempre, Sir Ivanhoe.

Pero una gran coincidencia en sus carreras, es que ambas interpretaron un papel similar en dos películas distintas. En 1938, una joven Olivia de apenas 22 años se convertía en Marian, el interés romántico del héroe sajón Robin de Locksley, Robin de los Bosques o Robin Hood, como prefiráis llamarlo, interpretado por el inolvidable Errol Flynn. He de reconocer que siempre he sentido debilidad por esta película, paradigma durante mucho tiempo del género de aventuras. Dinámica, alegre, bien interpretada y con un guion excelente, es un divertimento estupendo. Siempre recomendable.

Lady Marian y Robin miran desafiantes a los malvados normandos, que subyugan sin piedad a los pobres sajones.

Catorce años más tarde, una ya bastante más madura Joan se convirtió en la enamorada de un arrogante y leal Ivanhoe, también héroe sajón, que tiene que luchar con los pérfidos normandos. Lo curioso de ambas historias es que ambos héroes son fieles al rey Ricardo I ‘Corazón de León’, que también era normando. Y que en la realidad, tan apenas visitó las islas británicas y ni siquiera hablaba en inglés. Esta segunda película es mucho más floja. En realidad, es un producto fallido, heredero del anterior. Los personajes carecen del carisma de la dedicada al proscrito Robin. Y la Fontaine no consigue la chispa que su hermana dio en su película de normandos y sajones. Para colmo de males, tuvo que compartir protagonismo con una maravillosamente guapa Elizabeth Taylor, que le robó cada plano en el que aparecieron juntas. Pero bueno. Que eso no desmerezca el resto de su carrera. Pero de eso hablaremos en otra ocasión. De momento, aquí queda la curiosidad de los paralelismos entre las dos hermanas De Havilland.

Uno de los problemas que siempre tuvo 'Ivanhoe' fue la sosez de su protagonista masculino.

¿Quién teme a Elizabeth Taylor? (in memoriam)

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Muchos temieron a Elizabet Taylor. Y no pocos la amaron. Y ahora, a los 79 años, su corazón, quizá fatigado de entregarlo sin mesura durante sus mejores años, la ha postrado y finalmente le ha fallado. Y un 23 de marzo, hoy, ha muerto.

Cuando muere uno o una de los grandes del star system acuden a las plumas de quienes escriben los obituarios cosas como “una gran pérdida para el cine”, “deja un hueco difícil de llenar”, o chorradas por el estilo. Liz Taylor hace muchos años que dejó de ser importante en el cine. Salvo por una cosa. Salvo porque las películas quedan, y son eternas. A al menos deberían serlo. Mientras exista un ser humano para disfrutarlas.

No voy a hacer aquí un repaso exhaustivo de la filmografía de la actriz. Tonterías. No he visto todas sus películas, ni ganas que tengo. Tampoco haré de “prensa rosa” comentando su siempre comentado romance con Richard Burton. Aburrido. Pero sí que haré un repaso a porqué ocupará siempre un lugar en mi corazón de una forma u otra en seis películas. Y que sirva como mi homenaje particular a esta que fue una de las grandes del cine. Y desde luego una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida.

Una película para odiarla

Actriz adolescente por expreso deseo de su madre, siempre odié su personaje en Little Women (Mujercitas). Simplemente no la podía aguantar. Cada vez que nos torturaban antaño con este melodrama de la guerra civil americana, aborrecía sus estúpidos tirabuzones y sus modales de niña pija inaguantable. Si sólo conociese esta película de la Taylor estaría condenada para siempre en mi infierno cinematográfico.

Aunque no lo parezca, la de los horribles tirabuzones de la derecha es la mujer que luego haría soñar a muchos; y eso que en la foto está guapa.

Una película para perder la cabeza por ella

Como le pasó a Montgomery Clift en A Place in the Sun (Un lugar en el sol), en la que pierde la cabeza por una belleza absolutamente deslumbrante, por su estilo, por su clase, por ser todo aquello con lo que sueña un hombre, especialmente si viene desde abajo y quiere llegar alto. Si a alguien se le ocurre dudar de la belleza de la actriz, esta es la película para quitarse las dudas.

Desde mi punto de vista, la película en la que más guapa estaba; claro que apenas tenía dieciocho o diecinueve añitos.

Una película para quererla

El personaje protagonista de Ivanhoe siempre me pareció un cretino. Sólo a él se le ocurre preferir a una cristiana frígida y creida en lugar de escoger a la más bella judía que se ha interpretado en la pantalla grande. Si además bebía los vientos por el estirado sajón,… Si estaba para cogerla, mandar a todos los demás a freir vientos, buscarse un buen castillo con vistas al mar y dedicarse a cuidarla y quererla para siempre… Tonto.

A punto de convertirme al judaísmo estuve yo por la Rebecca de Ivanhoe; con lo palo y estirado que era el condenado sajón.

Dos películas para apasionarse con ella

Las dos basadas en dos obras de Tennessee Williams. Por supuesto, la atormentada protagonista de Suddenly, Last Summer (De repente, el último verano). Impresionante. Pero sobre todo, Cat on a Hot Tin Roof (La gata sobre el tejado de zinc). Esta última es sin duda una de mis diez películas favoritas de toda la historia, y probablemente mi adaptación teatral al cine preferida. El duelo interpretativo con Paul Newman es de obligada visión para cualquiera que quiera siquiera aproximarse levemente a la condición de persona a la que le gusta el cine. Y nuevamente, todo pasión, una de las mujeres más guapas que han aparecido en una pantalla de cine.

Si alguien no se enamora de "la gata" en esta adaptación de Tennessee Williams, es que no le gustan las mujeres o que no tiene sangre en las venas.

¿Y qué me decís de esta escena en la playa de "De repente, el último verano"?

Una película para adorarla

Cinematográficamente hablando. Si la década de los cincuenta fue la década gloriosa de la actriz, a partir de ahí la mediocridad dominó en la filmografía de la Taylor. Hasta que nos ofreció otro recital interpretativo en Who’s Affraid of Virginia Woolf (¿Quién teme a Virginia Woolf?). Con sólo 34 años de edad, la actriz había abandonado el aspecto glamouroso que la había caracterizado. Interpretando a una mujer que envejece mal por culpa del alcohol y de su tormentosa relación matrimonial, la actriz nos ofrece lo mejor de sí misma, convirtiendo a esta película en otra must see de la historia del cine.

Gorda, envejecida,... pero más mujer y más apasionada que nunca; para no olvidarla jamás.

[Las chicas de la Ci-Fi] Ante todo la princesa más galáctica del cine mundial

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Cuando vi por primera vez La Guerra de las Galaxias, lo que acabaría siendo conocido como Star Wars IV: Una nueva esperanza, dos cosas tuve a mis 14 o 15 años. Que me había divertido mucho, y que aquel extraño ser que tan pronto parecía un monja ursulina, como un doble de la Dama de Elche, como que se liaba a tiros remangándose la sayas, aquel extraño ser… me parecía que estaba bastante buena. Con más año, mi consideración hubiese sido notablemente más atemperada. Pero en plena transición, tanto la democrática del país como la adolescente personal,… qué te voy a contar.

Aquel extraño ser era la princesa Leia Organa, encarnada por una adolescente que conservaba todavía las sutiles redondeces más propias de edades más jóvenes llamada Carrie Fisher. Hija que era de Debbie Reynolds, la chica que no sabemos muy bien que pintaba en la por muchos ensalzada, pero para mí trasnochada, Cantando bajo la lluvia.

La joven e indefensa princesa se encara con un Darth Vader de aspecto terrible; muchos jurábamos que las dos protuberancias que aparecen bajo el vestido no se sujetaban más que por si mismas... eso es lo que comentábamos en aquellas edades...

Tras una sesión de tortura en la Estrella de la Muerte, la chica estaba más fresca que una lechuga, esperando a que dos apuestos desconocidos y un felpudo con patas vinieran a rescatarla.

Al final del filme, esto es otra cosa; un poquito de maquillaje, algo de escote, un peinado que le deja la cara despejada... y dispuesta para repartir sonrisas y medallas.

Como la cosa de las aventuras galácticas les salió bastante bien, especialmente desde el punto de vista recaudatorio, nos empezaron a contar la milonga, nos la llevan contando casi 35 años, de que aquello era la primera parte de una trilogía de trilogías, de una gran epopeya galáctica de magnitud nunca vista. Y el caso es que a los tres de la primer, se estrenó esa absoluta maravilla del cine de acción y de las aventuras espaciales, y de las aventuras en general, que es El imperio contraataca. La mejor con ventaja de toda la serie, y un auténtico referente para las películas futuras de similar temática que en muy pocas ocasiones ha sido igualado por no decir superado.

Y aquí tenemos a nuestra princesa cada vez menos principesca, con el traje de faena remangado, y bregando por el triunfo de la maltrecha Alianza rebelde, bien sea en los helados confines de Hoth, en los peligrosos laberintos de los campos de asteorides galácticos, o en ciudades que cuelgan entre las nubes de Bespin. A pesar de que renuncia al glamour en pro de una imagen de heroína comprometida y luchadora, no escasean los escarceos románticos, que si bien tienen su principal protagonista en el pícaro Han Solo, también es cierto que habrá otros admiradores que se sientan atraídos por la dinámica princesa espacial.

Un morreo con un atónito Luke para mosquear a un impertinente Han, nos ofrece un incestuoso primer plano, con presencia alienígena al fondo.

El taimado Lando Calrrisian no podrá evitar el flirteo con la guapa princesa rebelde, durante su traidora bienvenida a Ciudad Nube.

Pero una vez desembarazada del uniforme de campaña, será Han Solo el que reciba las principales atenciones de una cada vez enamorada Leia.

Pero el momento cumbre de la carrera como actriz de la Fisher, y lo que la convirtió en un icono nerd por excelencia fue su captura como esclava por la babosa Jabba el Hut, y la sucesión de escenas en la que la vemos vestir el más afamado dos piezas metálico de la historia del séptimo arte. Biquini absolutamente poco recomendable para bañarte en la piscina de tu urbanización, ha sido llevado por multitud de actrices de carne y hueso y animación en homenajes y parodias de todo tipo y cariz. El retorno del Jedi es una película mediocre en realidad, que sólo tiene sentido dentro de la excelente trilogía de aventuras que nos ofreció George Lucas en aquel momento, y de la que forma parte.

A partir de ahí, todo fue cuesta abajo, empezando por el inexplicable disfraz de bruja que le clavaron durante su estancia en el poblado de esos horribles ositos de peluche que estropearon por completo la tercera parte de la trilogía, y cuyo nombre prefiero no mencionar.

¡Qué impresionante pareja hacían Jabba y la princesa! ¡Y lo que la cámara no mostró de cuando llegaba la noche!

En la escena de jugar a Tarzán y Chita, todo el público masculino prestaba detenida atención a un posible descoloque del artilugio metálico; me consta quien jugó mucho con la tecla de parar del mando del vídeo...

Como tanta lujuria desatada no podía ser, las últimas imágenes que tenemos de Leia Organa son 'esto'; supongo que se puso guapa para los ositos de peluche aquellos, ¿no?

Las películas de la franquicia Star Wars forman parte importante de la historia del cine. Sin embargo, sólo aquella primera trilogía y sus carismáticos personajes han permanecido realmente en el corazoncito de aquellos niños, adolescentes y jóvenes que disfrutamos del resurgir de los filmes de aventuras.

Desgraciadamente, Carrie Fisher no consiguió labrarse una carrera de éxito en el cine. Aunque ha aparecido en un cierto número de películas como personaje secundario, apenas consigo recordar como relativamente importante su papelito de reparto en Cuando Harry encontró a Sally. También escribió un libro y participó en el guion de una película basada en su tormentosa relación con su madre, Debbie Reynolds. No obstante, nunca olvidaremos a la radiante princesa de luminosa sonrisa que una vez nos sonrió al sonar la vibrante fanfarria final de La guerra de las galaxias.

Nunca estuvo tan guapa como al final de La guerra de las galaxias.