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Los amores de Terry McKay

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Las nuevas versiones de las obras cinematográficas, los remakes que dicen los anglodependientes, están en la actualidad a la orden del día. Pareciera que los guionistas se han quedado sin ideas. O simplemente que alguien ha decidido que no merece pagar el talento creativo o imaginativo. Total con un actor o actriz haciendo siempre de si mismo, más una abundancia de efectos especiales, ya se consigue llenar la salas de consumidores compulsivos de palomitas de maiz por quintales. Dos terrores nocturnos me asaltan de vez en cuando y me quitan el sueño. Uno, que alguien decida realizar la nueva versión de Gone with the wind (Lo que el viento se llevó); misión imposible desde mi punto de vista, pues ya la tarea de realizar la versión original fue una verdadera odisea. El segundo, comentado de vez en cuando, la realización de una nueva versión de Casablanca. Me niego rotundamente a que nadie vuelva a interpreta a la abnegada Ilsa Lund. No. Por supuesto, me refiero a una nueva versión seria, y no a ese espantajo cinematográfico que se realizó para “mayor lucimiento” de varias arrobas de silicona pegadas a un cuerpo de mujer.

Hoy hablaré de una historia que ha tenido varias versiones, en las que siempre ha destacado una de las heroinas cinematográficas a las que están dedicadas estas páginas. Se trata de Love affair, tanto en su versión de 1939 como en la de 1994, así como en la de distinto título de 1957, An Affair to Remember.

Para mí, lo fundamental de la película es el personaje femenino, Terry McKay, el único que conserva el nombre en las tres versiones del filme, y en gran medida, la personalidad. Además está interpretada por tres grandes de la interpretación femenina; en orden cronológico, Irene Dunne, Deborah Kerr y Annette Bening. Clase, belleza y calidad interpretativa repartidas de forma muy equilibrada, y en abundancia.

Irene Dunne y Charles Boyer fueron la primera pareja dirigida por Leo McCarey.

He de reconocer que la historia, dirigida en dos ocasiones por Leo McCarey, sobre la base de una identidad en los guiones y en la filmación escena por escena, y en la tercera ocasión de forma más libre por Glenn Gordon Caron, rezuma un tufillo conservador notable. Un crápula playboy, a punto de pasar por la vicaría, se encuentra en un viaje con una mujer, cantante, que vive mantenida por un amante rico. El playboy se y la mantenida se gustan y comienzan sus escarceos que catalizan en amor con el encuentro con la dulce y piadosa abuelita del playboy. Conscientes de sus licenciosas vidas, se dan seis meses para cambiar sus rumbos, para dotarse de una patina de honorabilidad que les permita afrontar una vida juntos con garantías. Una cita en lo alto del Empire State Building es el objetivo. Un cita que nunca llegará porque nada es fácil para el pecador. No basta con el arrepentimiento y el propósito de la enmienda; hay que imponer una dura penitencia. Especialmente dura para la mujer, siempre bajo sospecha, especialmente en un mundo dominado por los “machos”.

La pareja formada por Deborah Kerr y Cary Grant son mis favoritos para esta historia de amor.

No hablaremos mucho del papel protagonista masculino. El personaje recibe nombres diversos, cambia de nacionalidad, y se dedica a diversas cosas, además de a ligar. Pero tiene un interés más limitado que el personaje femenino. Fue interpretado en primer lugar por el elegante y francés Charles Boyer, lo siguió el incombustible Cary Grant, y lo remató, con poca fortuna, el inefable Warren Beatty.

El personaje femenino es mucho más sutil. Especialmente en las dos primeras versiones. Tiene un debate interior más profundo sobre lo que su vida es. Tiene más claro hacia donde quiere ir. Y también es quien más sufre, quien más capacidad de sacrificio tiene, y quien más capacidad de perdón muestra. Para los parámetros actuales, es un personaje que deberíamos considerar periclitado. Ya nadie debería dudar del derecho de las mujeres a conducir su vida como mejor les convenga, sin verse sometidas a estúpidos juicios morales. Sin embargo, puede quedar como un símbolo de dónde no debemos volver; un símbolo de que las mujeres no deben ser obligadas a defender su dignidad personal sujetas a morales trasnochadas y más allá del punto que se exige a los hombres.

De las tres versiones, la última es francamente flojita. Aunque Anette Bening está guapísima y hace lo que puede, aunque contamos con una breve y estupenda colaboración de Katharine Hepburn como abuelita del playboy, la película carece del ritmo adecuado y de las sutilezas en los personajes que enriquecían las anteriores versiones. Por no hablar de las limitaciones de Beatty en materia de actuación. Las dos primeras son, sin embargo, excelentes. Ambas parejas protagonistas consiguen una química impecable, nos emocionan y nos solidarizamos con ellas. Tenemos la necesidad imperiosa de que haya un final razonablemente feliz. Tanto Irene Dunne como Deborah Kerr están perfectas, y establecen casi un prototipo de personaje femenino, mucho más rico que el que la conservadora sociedad americana de posguerra nos mostraría en el cine norteamericano.

Annette Bening, camino de convertirse en una grande de la pantalla, en compañía de Katharine Hepburn, una que hacía tiempo que lo era.

Mis preferencias, no obstante, se encaminan hacia la interpretación de la Kerr, que nos muestra una variedad de sentimientos, simplemente con una mirada, con entornar los ojos, con un mohín en la boca que muestran la excelencia interpretativa de la actriz británica. En seguida nos damos cuenta de que es imposible que Cary Grant no caiga rendido a sus pies. Todos lo hacemos. Este filme, que en españa se tituló Tú y yo (al igual que la primera versión), es uno de mis melodramas favoritos; melodrama que no carece de tonos de humor, fino, elegante. No os lo perdáis. De verdad.

Finalmente una nota sobre los títulos de las películas. Como ya he indicado, el primer Love Affair y An Affair to Remember recibieron en España el tonto título de Tú y yo. El segundo Love Affair fue traducido de una forma excesivamente literal por el feo Un asunto de amor. Poco más tarde, el peligrosísimo traductor de títulos al castellano asignó Algo para recordar, que hubiera convenido perfectamente a la segunda versión del filme, a un producto empalagoso e intragable cuya correcta traducción al castellano hubiese sido “insomne en Seattle”, que tenía constantes referencias a la película que protagonizó Deborah Kerr, y que dirigió quien yo considero un peligro público para el buen gusto cinematográfico. Por favor, no se equivoquen; esta última película no tiene realmente que ver con la maravillosa historia de amor que hemos comentado. Es sólo un monton de algodón de azúcar, que debería ser vigorosamente perseguido por la BAC. He dicho.

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